Todo empezó un viernes de madrugada con un autobús destino Kampala. El viaje desde Kigali a Kampala son diez horas contando la hora y media que pasas en la frontera para conseguir el visado; en este caso el carnet de la ONU nos facilitó el trámite. Así pues, después de un largo viaje llegamos a Kampala. El cambio es evidente y lo percibes desde el momento en que cruzas la frontera; el paisaje continúa siendo igual de verde pero sin las obligadas subidas y bajadas a las que ya nos hemos acostumbrado en Ruanda.
Las primeras horas en Kampala las empleamos en lo que es la rutina habitual en cualquier viaje: cambiar dinero, buscar donde dormir y tener la primera toma de contacto con la ciudad. Kampala es una ciudad mucho más bulliciosa y animada que Kigali. La gente es más extrovertida y alegre, de manera que te resulta muy fácil hacerte a ella. Desplazarse en Kampala es cuanto menos una odisea debido a su extensión y al caos que reina por doquier. No obstante, enseguida nos acostumbramos a nuestro nuevo modo de transporte, las “bodaboda”: consiste en motoristas un tanto temerarios que conducen entre el caos de la ciudad con sus motos de tres plazas. En este punto ya lo empezábamos a tener claro: el viaje prometía.
Después de esta primera toma de contacto al nuevo día amanecimos con la intención de visitar los principales lugares de interés entre los cuales se encontraba, por supuesto, el mercado de artesanía. El día fue completo y divertido y empezó con la visita a la mezquita de Gadafi. Como era de esperar, a la entrada nos hicieron cubrir nuestro cuerpo. Mariam, como buena musulmana que es, en cuestión de segundos ya estaba preparada para entrar, sin embargo; a Mª Paz y a mí nos llevó un poco más pillar la lógica del pañuelo enrollado en la cabeza. Tras haber superado los pequeños problemas técnicos iníciales y con la ayuda de nuestra pequeña guía (que aprendió a decir “atiende” cual albaceteña de nacimiento) visitamos una de las mezquitas más bonitas que he visto.
A la visita a la mezquita le siguió la visita a la catedral y, posteriormente, al mercado de artesanía. Este mercado se convirtió en uno de los puntos fuertes de nuestro viaje donde la variedad de objetos era muchísimo mayor al precio que después pagabas por ellos. Empleamos horas en él hasta que nos dimos cuenta que si seguíamos así no cabríamos en el autobús de vuelta y decidimos retomar la visita cultural. La siguiente parada fue las tumbas de Kasibi donde están enterrados los antiguos reyes de Uganda. El lugar no tenía nada de especial pero las explicaciones históricas junto con la vestimenta que de nuevo debíamos llevar para entrar a un lugar sagrado hicieron que la visita fuera interesante a la par que graciosa.
El día ya estaba tocando a su fin y ya sólo quedaba cenar algo y ¿dormir? Sería esa noche cuando constataríamos nuestras sospechas. Kampala nunca duerme, así que después de cenar y arrastradas por la vida de la ciudad salimos a tomar algo.
Al día siguiente amanecimos cansadas y con un ligero dolor de cabeza pero estábamos en Uganda; no podíamos pararnos a descansar. La siguiente parada sería Jinja, capital de la aventura en África del Este y lugar de nacimiento del río Nilo. Así que ni cortas ni perezosas nos levantamos, nos tomamos un café bien cargado y nos montamos en el mini bus destino Jinja. Una vez allí buscamos el “backpackers” que nos habían recomendado y preguntamos por una de las actividades que más nos interesaban desde que planeamos este viaje: hacer puenting en el Nilo. La respuesta no se hizo esperar y esa misma tarde ya estábamos subidas en la plataforma. Con el corazón en un puño nos preparamos para saltar.
Sólo nos quedaba un día y lo empleamos en ver la fuente del Nilo, pasear por la zona y para dar un pequeño paseo en barca por el Lago Victoria.
El viaje de vuelta, como todos los regresos, fue largo y cansado pero había valido la pena; quizás algún día volvamos allí.